MESEROS



Texto: Wilson Orozco

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Fotos

Diurnas: Alejandro Ramírez

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Nocturnas: Juliana Quintero

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De cómo un profesor universitario de manos delicadas y uñas limpias se convierte en el mesero de un miserable bar y al final es atacado por tres homosexuales que le quieren tocar su preciada barba. Y de cómo lo logran con éxito.


A pesar de ser un maldito burócrata, a través de muchos contactos en Colombia y en el extranjero, logro que el dueño de Bantú me permita ser mesero por un día. La respuesta se demora varios meses pero finalmente accede. Ser mesero de ese antro es la última oportunidad que tengo de perder el poco prestigio que me queda.

Es viernes y la inacabable jornada de rumba empieza a las dos de la tarde. A esa hora me ha citado el administrador. Llego con 10 minutos de retraso. Lo bueno es que él llega con 15. Al lado de las puertas hay unos hippies que hace varios meses no se bañan. Aunque ésa debe ser la idea. Están borrachos o drogados o enguayabados o con sueño o todas las anteriores. Uno de ellos toca tristemente una vieja guitarra. Otros intentan dormir. Sus sandalias producen asco. Ésa también debe ser la idea.

Nelson, el administrador, junto con Carlos, un mesero, abren el bar (hay que aclarar que a partir de aquí todos los nombres han sido cambiados para salvaguardar la honra de los implicados). Yo ya no sé qué estoy haciendo aquí. Me debo estar enloqueciendo. Debería estar adherido a mi escritorio. Pero ya mi suerte está echada.

-Hay que empezar a sacar esas cajas con envases vacíos para luego entrar el nuevo pedido, dice Nelson con voz ronca y de ultratumba.

Al parecer, todo esto es un proceso industrial: se sacan envases vacíos de la noche anterior, se meten nuevos con el preciado líquido, se saca, se mete y así sucesivamente. Mientras los estudiantes se duermen o sueñan despiertos en una clase de cálculo, aquí todo está estrictamente organizado para que cuando ellos salgan lentamente como ganado que pasta en un potrero y va a otro, sus cervezas ya estén bien frías para que empiece el jaleo.



*****

Se sacan todas las benditas cajas con los envases vacíos y ahora a barrer. Hay de todo: colillas, tapas de cerveza, papel higiénico, chicles, una foto de dos lesbianas y hasta un billete de diez mil. Claro que solamente logré reparar en él después en la foto y parece que ya reposa en el relleno sanitario municipal.



Todo está fríamente delegado: Nelson hace cuentas y cuenta plata, Carlos saca cajas, Muñeco acomoda el nuevo pedido mientras cuenta chistes, Diana organiza mesas y yo barro. Ya afuera de Bantú hay una alta torre con cajas de cerveza. Cuánto bebe la humanidad, pienso. O cuánto bebemos, corrijo. Ya el lugar está tomando una apariencia cada vez más decente. No como el sitio de guerra que los borrachos de la noche anterior habían dejado.




Poco a poco se empieza a configurar el carácter de cada uno de los meseros: Nelson es calmado y gracioso, Carlos es calmado y galán, Muñeco es calmado y trovador, Diana parece una santandereana malgeniada y picada de tábano. Una pequeña escaramuza empieza entre Muñeco y Diana, no sé por qué. Tal vez porque Muñeco estaba trovando y a la vez pisaba el piso que Diana acababa de trapear. Muñeco se excusa asustado y Diana no lo deja hablar diciéndole:

-Respetá gonorrea-hijueputa.

Ya está casi todo listo. Estamos nerviosos por lo que se viene. Mejor: yo estoy nervioso por lo que se viene. Nelson me llama aparte y me señala circunspecto todo lo que tengo que hacer. Me dice que me va a asignar las mesas de la 1 a la 4. Mis compañeros se ríen de mí. 10 horas más tarde me daré cuenta de que son las peores mesas porque son las que nunca desocupan, porque son las mesas que hay que seguir atendiendo a pesar de que haya un hervidero de rumba en el bar. Luego, me da los precios de todos los productos y me pide que los memorice. Yo los quiero copiar pero él me dice que no, que así no le sirve. Que la cosa es rapidito, de una, sin pestañear. Yo empiezo entonces como hacía en primaria:

-Pilsen a 1800…Águila grande a 2300…Águila pequeña a 1800…Costeña a 1800…Póker a 1800…Águila light a 2000…Pilsen a 1800…

Y así sucesivamente para cada uno de los licores y todas las cosas inimaginables que los seres humanos nos inventamos para meternos en la barriga y así sentirnos mejor.

Para cada una de las cervezas, me hacen aprender unas señales dignas del lenguaje de los sordomudos porque cuando empiece el voleo de verdad, no hay tiempo ni manera de pedir nada con la boca sino que tiene que ser con la mano: la Pilsen es como un ojo, el Águila grande es voleando los dedos meñique y anular, el Águila pequeña es como cuando uno dice “una migajitica así”, la Costeña es un movimiento como de cobra o de danza egipcia, no sé, el caso es que tengo que hacer ese ridículo movimiento, la Póker se acerca, según Bantú, a la expresión fuck you entonces es señalando así FUCK YOU!!...aunque el gesto de la Águila light es el que más me ofende ya que tengo que hacer como un homosexual mani-quebrado y ésa es la cerveza que yo siempre tomo…







Los nervios no me abandonan y la acción nada que empieza. Seguimos esperando las hordas de estudiantes que ya están por llegar. Yo mientras tanto empiezo a recoger historias. Carlos me dice que siempre hay un homosexual que viene los viernes. Y que la otra vez le echó el perro. Yo le pido que me cuente y él dice:

-Sí, un man al que atendí toda la noche y ya cuando estaba todo borracho me preguntó que qué cerveza me gustaba, que si la rubia o la morena. Yo le dije que la morena. Al otro día se me apareció con una cerveza alemana toda grande. Yo me asusté todo y le dije a Nelson que me dejara ir para la casa. Lo mío son como las mujeres.

Muñeco interviene y dice que cuando Carlos está borracho y atendiendo, no deja una sola mujer disponible para el staff de Bantú. Carlos lo mira feo. Yo aprovecho entonces y le pido a Muñeco que me cuente una de sus historias. Y a él, muy propio de él, se le ocurre una especie de trova o una cosa toda rara en la cual mezcla títulos de canciones y grupos de rock que debo copiar:

“Si quieres vamos al CUARTETO DE NOS en el PANTEÓN ROCOCO y me das LA DOSIS PERFECTA para que prendamos este chochal. Así que acepté darle JARABE DE PALO por toda LA POLLA RECORDS…”

Yo le pido que se ponga serio pero él insiste:

“Una vez llegó MY SHARONA toda PARANOID ANDROID buscando al DOCTOR KRAPULA y yo le contesté está por LA CALLE 13 fumando ENANITOS VERDES. Ella me contestó: “no CHARLES GARCÍA. Me estás dando MALA VIDA, yo no soy tan MOJIGANGA, no me creas SANTERÍA…”

Diana interviene, nos regaña y nos dice que cojamos oficio porque ya llegó un cliente. Éste no se aguantó las ganas de leer ni de venir a Bantú y tranquilamente hace las dos cosas. Ésta es la prueba reina para los que aseguran que Bantú es un antro…

Ya hacia el final de la tranquilidad, el misterioso dueño de Bantú aparece. Viene con uno de sus guardaespaldas quien insiste en no quitarse su chaleco de motociclista por si hay que salir prendiendo la moto. Que en estos días de seguridad democrática es mejor estar preparado para cualquier cosa. El dueño es todo un capo y actúa como los grandes con una tranquilidad y serenidad pasmosas. Un lambón sugiere que le tomemos una foto al patrón para que quede en esta crónica y el patrón sonríe como los grandes. A lo Vito Corleone se para lentamente, su guardaespaldas todavía con su horrible chaleco no se despega de él, no vaya a ser que sufra un atentado de parte de sus mismos trabajadores, y ambos quedan en la foto...

Muñeco, en un bello y revolucionario acto, le da por hacer la señal de Póker en mitad de la foto. El guardaespaldas se tensiona, lo mira de reojo con cara como de “esperate gonorrea hijueputa enseguida te doy”, quiere sacar su cuchillo pero el patrón, como los grandes, dice calmadamente:

-Tranquilo Robinson que Diana se encarga de él.

Así lo hizo Diana. Pobre Muñeco….

Luego, el patrón recoge la plata del producido de la noche anterior. Es decir, la plusvalía, las ganancias, el sudor de todos los meseros convertido en billetes de 50 mil y que van a parar a sus capitalistas bolsillos. Finalmente dice que ahí nos trajo unos buñuelos para que comamos después. Yo digo:

-Qué bien, muchas gracias Don Fabio. Más tarde debe hacer mucha hambre aquí, ¿cierto?

Y él me da una respuesta que me deja más que pasmado:

-No, esos se los descontamos de la nómina. Los buñuelos los está haciendo una tía mía que puso una fábrica hace poquito.

Ambos, dueño y guardaespaldas, parten en una AKT haciendo bulla. Y eso que el parrillero está prohibido. Pero ellos son trozos y meten miedo.

*****

Mi primera mesa es ocupada. Es una pareja. El muchacho tiene cara de llamarse Yeison Duván y la muchacha Yuli Caterine. Voy nervioso hacia ellos. El joven me dice secamente:

-Media de guaro.

Yo la pido en la barra. Todos dicen: “¡Bien!” porque me he ganado mil miserables pesos de comisión. Cuando me dan la botella, casi se me cae.

La pareja es tímida. Aunque es lo normal. Han tomado muy poco de la media de guaro. A los pocos minutos empiezan a joder:

-Poneme esta canción…, poneme esta otra…

Incluso Yeison Duván tiene la valentía de cantarme casi media canción para saber si está en Bantú o no. Yo simulo que sé a lo que se refiere y le digo que voy a ir adonde el DJ (que no hay) para que la busque. Todo no es más que un despiste para que se sienta complacido…

A los pocos minutos vuelven y me llaman otra vez para pedir exactamente las mismas canciones que han pedido antes y yo exclamo como un teletubbie que pone en peligro su vida:

-¡¡¿OTRA VEZ?!!

Yeison Duván parece que lo soluciona todo con plata porque coge un billete de dos mil pesos y me lo entrega. Yo digo que no, que no es necesario, pero él, en un gesto propio de los mafiosos, me agarra la mano, me pone el billete dentro de ella y me la cierra fuertemente con las suyas. Yo entiendo que no debo oponer resistencia. Voy como perrito regañado a ponerle una vez más esa horrible música de Rata Blanca y Kraken.

*****

Una hora después sigue lo más horrible para mí. Empiezan a llegar conocidos míos que me llaman “mesero de tres pesos”, me dan sarcásticamente 200 pesos de propina y ex estudiantes me preguntan irónicamente que si es que no me pagan lo suficiente en la universidad…

Ya son las 8 de la noche y me siento agotado. Una parejita de lesbianas empieza a bailar muy sensualmente “closer”. Yo ya tengo hambre y me quiero refugiar en los miserables buñuelos que me descontarán de la nómina. Le pido a Diana que si me reemplaza en las mesas y ella me dice que sí pero que no me demore mucho. Yo obedezco.




Acabo con los buñuelos. Una torrencial lluvia cae sobre Bantú y sobre el mundo. Y todo se complica para mí. No hay por donde caminar porque toda la gente de la calle se quiere refugiar en ese antro. De todas las mesas me llaman. En una mesa tres mujeres preguntan que a cómo vale el descorche. Yo no sé qué es eso. Les digo que no, que no hay. Ellas me preguntan que cómo así. Yo repito cansado que no hay. Y ellas me miran el avisito de BANTÚ en mi camiseta y me preguntan:

-¿Usted es nuevón o qué? ¿Cómo así que no sabe qué es un descorche?

Finalmente averiguo y el bendito descorche vale 5 mil pesos pero Diana me advierte que no me puedo dejar meter más de media de ron. Fuera de que tengo que atender, tengo que vigilar a estos borrachos así como hago en mis labores de profesor con mis estudiantes. Mientras he ido a averiguar lo del descorche, los de la mesa 4 se me han escapado. Yo, angustiado y nervioso, se lo cuento a Diana y ella exclama:

-¿Cómo así que los dejó ir? ¿Dónde estaban?

Y se va para esa mesa. Yo veo que se alejan tranquila y cínicamente para no despertar sospecha y ella se va detrás de ellos y les dice:

-¿Quiubo pues gonorreas? Me pagan lo de la mesa ya.

Los tipos sumisa y nerviosamente cuentan sus miserables monedas para pagarme.

*****

Ya son las 12 de la noche y Bantú es un hervidero. Ahí es cuando pienso que quién se habrá inventado la idea de un bar. Hay que estar borracho para estar en uno de ellos. El cansancio, el hambre de nuevo, el agotamiento y sobre todo la sobriedad no me hacen contemplar con romanticismo esta orgia de cuerpos, borrachos, humo, licor, bulla, gritería, música estridente, cuerpos apelmazados, peleas…y sí, definitivamente hay que estar borracho para aguantar un lugar así. Ya la mujer que antes me parecía sensual y bohemia, la odio por sus constantes peticiones de cervezas, cigarrillos y canciones. Las mesas no son más que una tortura que buscan ser atendidas. Todos los asistentes no son más que niños en etapa oral que buscan ser complacidos en sus más mínimas demandas.






Yo estoy cansado, aburrido y descuadrado. Se lo comento a Diana y ella me dice:

-Venga pues yo lo reemplazo pero eso sí, tiene que lavar entonces todos los vasos.

Maternalmente me mira con pesar y lástima y exclama una vez más, como lo ha hecho durante toda la noche:

-¡¡Dios mío, todo sea por el arte!!

*****

Ya es la una de la mañana. La media hora que falta para terminar se me hace eterna. Odio a todos estos malditos borrachos no recordando que yo mismo he sido uno de esos malditos borrachos. Pero qué más se la va a hacer.. La vida es aburrida, la vida es lenta, la vida no tiene sentido, pienso filosófica y cansadamente mientras lavo vasos. Hay que buscar entretenimiento a como dé lugar. Yo me adormezco con estas reflexiones tan profundas cuando despierto con la orden perentoria de Nelson:

-Bueno, muchachos esto se acabó. Ya no más luchas con proveedores ni con estudiantes.

Ordena parar la música, ordena cobrar cuentas, ordena entrar las mesas, ordena sacar a los borrachos a las buenas o a las malas. Preferiblemente a las malas. Y yo ya he hecho mis cuentas: me he ganado 20 mil pesos de nómina, más 4 mil de propina en monedas de 100. Debo restar 5 mil pesos de los miserables buñuelos y tengo que sacar 10 mil para el taxi. Total, me quedan 9 mil pesos por toda esa tortura. Y como dice la canción guasca: “…y mañana viene el patrón sin saludar…”

Veo que tres borrachos están en una mesa y no se quieren parar. Carlos me dice angustiado:

-Ay marica, ésa es la mesa del homosexual que la otra vez me estaba echando el perro. Andá vos…

Cuando me les acerco, los tipos se ríen y exclaman:

-¡No sabíamos que en Bantú contrataban meseros tan barbados!

-Caballeros, se pueden parar por favor, ya vamos a cerrar.

-Ay, pero qué afán… ¿te podemos tocar la barba, papi?

-Por favor caballeros, me respetan…

No había ni terminado, cuando los tres ya habían acercado sus asquerosas manos a mi preciada y frondosa barba. Diana se da cuenta del jaleo y grita:

-Bueno, bueno, bueno, ¿qué es lo que pasa pues allá? ¿No ven que estamos cerrando?

Yo le cuento lo que me acaba de pasar.

Y ella, como lo ha hecho durante toda la noche, sí que se encarga de ellos.

Pobrecitos.



7 comentarios:

Rodrigo Rúa Hernández dijo...

No paré de reírme. Tremendo papelón el del mesero novicio. Parece que le fue como a los perros en misa. Pero hay que reconocer que lo que tiene de mal mesero lo tiene de buen escritor. Una vez más se corrobora la hipótesis que sostiene que el arte literario, y el arte en general, encuentra sus mejores cultores en los desocupados de profesión.

Hombre, Wilson, no son flores mías, pero cada vez siento que escribís mejor. Tenés caletre para la escritura. Me gusta mucho ese buen sentido del humor que vos les ponés a tus textos. Virtud que Cervantes ponderaba tanto en los buenos escritores. Espero ver pronto el primer ejemplar tuyo en los estantes de las librerías y de las bibliotecas.

Emilex dijo...

Muy bueno.
Lo admiro.

Anónimo dijo...

Quién iba a pensar que el profesor que alguna vez dictó un curso de Literatura Contemporánea, tan serio e "intimidante", hiciera este tipo de actividades para poder escribir...
Ojalá todos los escritores y "profesores corbatas" amargados que se creen buenos escritores porque toman LITERALMENTE los textos de otros, escudados en las comillas y en las citas, hicieran lo mismo.
Yo sé que Wilson no leerá estos comentarios, creo que no le interesa lo que pensemos de él, pero aún así, debo decir: ¡QUÉ BUEN TEXTO CARAJO!

Maru Luarca dijo...

¡Reí de principio a fin! Y respeto mucho el ejercicio de vivir lo que se escribe. Bien por el mesero-escritor.

normandario dijo...

Esto es lo que yo llamo una crónica; reporteria en toda su expresión, ¿Que Manuel Toedoro ni que carajo!?. Admirable lo que se puede hacer por el arte (y en sano juicio). Pero igualmente admirable la labor de los pobres meseros de Bantú.

Anónimo dijo...

Nea.... sos una Rata... literaria!!!

Anónimo dijo...

es bastante informativo, creo que de esta manera no vale la pena trabajar en batú, jajaja mas bien ahy que ir a tomar... buen texto.. me gusta mucho la forma como narra.