LA MOTO DE ALFONSO

Jorge Echeverri

Hace mas de 10 años ya, durante la noche, sonó mi teléfono, era mi viejo amigo Alfonso, 53 kilos cuando está de buen peso, 1.62 de estatura, con la tranquilidad que le caracteriza, me dio la noticia de improvisto “Compré moto”, la primera moto para el grupo de judokas, ahora llamado de la “vieja guardia”, era un acontecimiento mayor, debido a la abundancia de escasez que nos caracterizaba en ese tiempo, inmediatamente un sinnúmero de preguntas salieron de mi boca, con la alteración normal de un evento de esa magnitud: ¿qué marca? ¿modelo? ¿color? Inmediatamente mi amigo cortó toda comunicación con la siguiente frase: “Tranquilo, mañana nos vemos a las 9 am donde Hugo”. Hugo, mi otro amigo, se describe básicamente con dos palabras: buena gente y feo.

Sin falta 9 am estábamos Hugo y yo, esperando la llegada de Alfonso en su nueva moto. Pasadas las 10 am, después de dos cervezas, llegó un taxi con nuestro amigo adentro, el corazón nos latía más fuerte. ¿Se accidentó? ¿Y la moto? Salimos rápidamente a preguntarle y con la misma calma de antes nos contestó: “Tranquilos, la moto está en la maleta del taxi”. Estupefactos nos miramos Hugo y yo. Al mismo tiempo lo veíamos sacando con el taxista un costal con lo que alguna vez fue una moto. Pagó, nos miró y nos dijo: “Mírenla, ésta es la moto que compré, no es sino armarla y como nueva”. Hugo Buena-gente pidió tres cervezas y dijo: “Pues manos a la obra” Alfonso y yo nos sentamos a observar el complicado acoplamiento de piezas por parte de Hugo, que pasadas 3 horas de extenuante trabajo, se empezaba a preguntar por qué sus dos amigos no le ayudaban en nada. Sin embargo, era hora del almuerzo ya y el ánimo se calmó, apareció de repente Luz, mamá de Hugo, fresca y alcahueta como todas nuestras mamás, con una bandeja llena de arroz con huevo y papitas, para dividir equitativamente entre los tres, lógicamente el anfitrión, el que más había trabajado, fue el que menos comió. Mientras lavaba sus manos llenas de moretones y grasa, Alfonso y yo habíamos acabado con casi toda la bandeja de este delicioso platillo, pasó casi una hora discutiendo los detalles financieros del negocio, precio vs marca y modelo, con opiniones encontradas entre el que hizo el negocio y todos los demás.

Pasadas las 4 pm pedimos más cervezas y reanudamos el proceso de ensamblado maestro, en esta fase del proceso, Alfonso comenzó a hacer algunas críticas del trabajo de Hugo, “mal esto, mal aquello” repetía en cada paso que hacía Hugo con las 50 partes de la moto, que aún estaban regadas en el patio de Luz. Hugo se empezó a impacientar y después de la décima crítica, soltó calmadamente lo que tenía en la mano, se sentó con nosotros dos, tomo su cerveza, nos miro fijamente a los ojos y nos dijo: “No trabajo más”. No habían pasado ni 5 segundos cuando Alfonso se paró y dijo “Listo, no hay problema yo la termino de armar”. 6 pm un poco prendido y sin ningún conocimiento de motos, se hizo manos a la obra, pasaron unos segundos, todos en silencio, Alfonso miraba una y otra vez todas las piezas regadas de la moto y una herramienta desconocida hasta el momento para él, sus primeras palabras fueron: “Eche, te necesito aquí de asistente”. Yo, otro desconocedor total del fino arte de la mecánica, me paré y me puse a disposición del nuevo mecánico en jefe, de ahí en adelante ocurrieron una cantidad enorme de accidentes, regaños y discusiones entre el mecánico en jefe y su nuevo asistente:

-¡¡Esto es aquí!!”

-Oigan a éste, decía el asistente.

Hugo miraba indiferente con su cerveza helada y los pies sobre la mesa, pasadas las 8 pm y debido a los regaños y encontrones con el jefe de mecánicos nuevo, procedí a renunciar en forma irrevocable a mi cargo de asistente de mecánica gratis. Alfonso simplemente dijo:

-No hay problema, yo termino solo.

Heridas, moretones, golpes y maldiciones se escucharon de nuestro amigo, 10.30 pm con 15 piezas sobrantes y ya con muchas Pilsen encima, se escucharon las siguientes palabras de Alfonso:

-¡Listo! Sobraron algunas piezas pero es mejor que sobre y no que falte.

Llenos de desconfianza y muy alegres ya por el efecto de las cervezas, nos fuimos a observar la prueba de ruta de la moto marca Chappy 80 cc, que se veía un poco enfermita.

Inició el proceso:

Paso 1: Encendido: inmediato. El orgullo se dejaba ver en la sonrisa de Alfonso.

Paso 2: Luces: negativo. Hacían parte de las 15 piezas sobrantes, pero eso no era relevante para el momento.

Paso 3: Arranque: no fue pequeño nuestro asombro al observar por primera vez en nuestras vidas una moto andando en sentido contrario, hasta concluir en una pequeña caída de nuestro amigo y su dignidad destrozada.

Inmediatamente Hugo Buena-gente se compadeció y dedico otras dos horas en tratar de unir y dejar medio pasable una moto, en estado crítico ya. “OK, se hizo lo que se pudo por esta moribunda, perdón, la nueva moto de mi amigo” dijo Hugo. Procedimos a la segunda prueba de ruta, en la loma de Manrique, con beriberi, sin luces, ni direccionales, ni stop y casi sin frenos. Anduvo entonces la moto de nuestro amigo, no sin un largo aplauso de todos nosotros, incluida toda la cuadra, testigo todo el día, de nuestro triste espectáculo.

12.30 am cansados, semiborrachos, decidimos partir para nuestras casas, Alfonso jovial y contento por ver su moto andando expresó: “Moto es Moto” e inmediatamente se ofreció muy comedidamente en llevarme a mi casa. El terror se apoderó de mi, al imaginarme en las lomas de Manrique, en Chappy, sin luces, ni frenos y con un borracho sin pase que no sabía manejar moto, sin mencionar el beriberi que se incrementaba en cada hueco en que se metía, después de mucha amable insistencia y ya con las disculpas agotadas, tomé una decisión de la que me arrepentiría enormemente unos minutos después.

Desde el mismo momento en que partimos en este fatídico viaje se presentaron los mal llamados pequeños contratiempos. Para empezar no prendía la moto, era la una de la mañana y mi amigo se veía prendiendo la moto en su delgadez, un poco ebrio, agotado y ya un poco arrepentido del negocio aquél. Luego de 20 minutos de insistencia prendió la famosa Chappy.

Sin casco, ni chalecos, empezamos a bajar por la calle del tango y el beriberi le duraba cada vez más tiempo a la diminuta moto, apenas íbamos en la Avenida Oriental y yo ya había contado 20 conatos de accidente y tres apagadas de moto. A mí se me había pasado todo rastro de alcohol, por la adrenalina generada en este peligroso viaje.

Otra apagada, nuevamente observaba yo la figura de mi amigo tratando de encender su pequeña moto, esta escena se repetiría frecuentemente en todas las motos de su propiedad en los siguientes años con su típica frase cuando encendió: Rumbo a Siberia… A las dos de la mañana reiniciamos nuestro viaje, tomamos los puentes de La Oriental, cogimos la oreja de La Regional, esta parte del viaje fue más calmada y parecía predecir que el resto del viaje sería así, pero estaba equivocado, porque cuando estábamos girando a coger La Macarena pudimos observar un reten gigante con policía, tránsito, ambulancias y grúas. Esos retenes de sábado en la madrugada, donde el 99 % de los motociclistas de Medellín tienen algún tipo de problema, inmediatamente mi amigo trató de girar a la derecha a coger San Juan y así evadir el cerco policíaco, pero no contó con que el beriberi le impedía todo tipo de maniobras, pudimos entonces ver a un agente, moviéndonos amablemente la mano para que nos acercáramos, yo le dije a Alfonso:

-No se preocupe que en esta moto hasta a pie nos hubieran alcanzado.

Desde ese momento en adelante, debido a una mezcla de sentimientos y a la situación en sí, la risa de apoderó de mí, también ayudado por las cervezas remanentes, mi amigo muy preocupado, profirió, amenazas, codazos y advertencias contra mí para que dejara de reírme, pero era imposible detenerme al imaginarnos llegando a un retén gigante, sin luces, direccionales, cascos, ni papeles, con el beriberi acelerado.

-Muy buenos días ya”, dijo el agente.

-Muy buenos días agente, respondió mi amigo codeándome para que dejara de reírme. El agente de tránsito inició con sus preguntas:

-¿Luces?

-¡Ah! Es que esta moto es nueva, pues la armamos hoy porque……

-¿Stop y direccionales?, le interrumpe el agente.

-¡¡Ah!! No, no tenemos.

-Mmmm…¿¿¿Sus cascos???

-No-no agente ¡¡No tenemos!!

-Páseme el seguro obligatorio, dice el agente ya un poco molesto.

-¡¡Ah!! No, aún no lo tenemos, responde mi amigo haciéndome una cantidad de gestos para que dejara de reírme.

“Hombre, páseme la matrícula a ver qué hacemos con usted”, finaliza el agente, a lo que responde mi amigo con una frase memorable, “no agente, eso sí no lo tenemos” ya mi fuerza de voluntad quedó vencida y no pude contener una carcajada gigante a lo que el agente reaccionó inmediatamente diciendo: “Estos dos están borrachos” y nos mandó a un carrito muy iluminado a hacerle prueba de alcohol al preocupado conductor que ya ni me determinaba. Le dieron un pequeño tubo conectado a un monitor por una manguerita y un agente dijo inmediatamente: “¡¡¡sople duro!!!” Alfonso inició a soplar y soplar, no había registro, ni negativo, ni positivo. “Sople duro a ver”, le repitió el agente; cuando Alfonso estaba rojo-rojo de soplar sin ningún efecto, el agente se percató de que se había dañado el equipo, volvimos entonces a la moto, ya yo estaba más calmado, Alfonso sacó un papel medio arrugado que al parecer reemplazaba la matrícula, suplicas y más suplicas se dejaron venir, esta vez yo apoyé a mi amigo pensando en las consecuencias futuras, el agente por fin se compadeció y nos dijo:

-Como veo que están como armando su motico, les voy a hacer el parte solo por el seguro obligatorio.

Mi amigo dio las gracias rápidamente y aceleró el proceso con temor que se arreglara el equipo medidor del grado de alcohol. Partimos nuevamente y como es común entre nosotros, nos reímos de todo lo que nos había pasado. Paramos a tomarnos la última cerveza, yo quedé de pagarle la mitad del parte por mi responsabilidad en el evento, 56 mil dividido dos y fuera de eso, me tocaba invitar a la “última” de ese día.

Pasados dos meses nos volvimos a encontrar donde Hugo. Llegó nuestro amigo, en su Chappy reluciente, con luces, stop y demás accesorios. Se bajó de la moto lentamente, nos miró y antes de que le preguntáramos cualquier cosa, nos dijo “TRANQUILOS” ya la tengo vendida.


8 comentarios:

Anónimo dijo...

Bien!!!!bien!!!

Anónimo dijo...

Bien!!!!bien!!!

Anónimo dijo...

Eso si que es vender la moto!!!

Anónimo dijo...

Muy actual, sin ser congrsistas

Anónimo dijo...

Aun tiene moto?

Jorge Echeverri dijo...

como

Jorge Echeverri dijo...

como....

Anónimo dijo...

Muy bueno el relato y el recuerdo de la Chappy. Si mi memoria no me falla, tenían "bajo", una relación más corta que les servía para las subidas, similar a un 4X4. Jairo Botero